domingo, 4 de febrero de 2018

Mátame


En mi bandeja de entrada un correo del Festival de Cine de Cartagena me anuncia un tributo a Maribel Verdú y automáticamente un flashback, que se proyecta en presente, me recuerda cuando hace más de 20 años viví, después de ver Amantes (Vicente Aranda, 1991), una relación de la que ella nunca sabrá, pero que transitando entre lo Platónico y la limerencia, me acompaño por un par de años y varias de sus películas.  

Amantes. Vicente Aranda, 1991.


Trini le pide a su imposible amor que la mate y yo también empiezo a morir con ella. Pausé la escena para verla dilatando el tiempo sin importar que el foco estuviera en él, deteniéndome sobre sus labios que nunca llegan a cerrarse. Esos labios gruesos unidos a la nariz por el delgado brillo de un contraluz que se extiende entre el surco que va hasta la boca; a esos dientes grandes, perfectos. Me detengo en esa gota que lentamente baja por su cara recorriéndola, esa gota de lluvia que por arte del cine o, por arte de magia, se hace lágrima en ese encuadre que no deja ver los ojos y se convierte en ejemplo perfecto de un fuera de campo que, sobre una cara incompleta, me deja ver desde la plaza entera bajo la lluvia, hasta el arrítmico corazón de una persona que ruega que la maten, aunque ya esté muerta. Quito la pausa y Trini muere en un sacrificio que seguro nos mató a muchos, pero que a Maribel le dio la vida eterna.


Ahora publico este post, prendo mi tornamesa en el que gira un disco de Bauhaus y grito cantando histérico: “The passion of lovers is for death, the passion of lovers is for death she said…”.

Tomás Corredor

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