En mi bandeja
de entrada un correo del Festival de Cine de Cartagena me anuncia un tributo a
Maribel Verdú y automáticamente un flashback,
que se proyecta en presente, me recuerda cuando hace más de 20 años viví,
después de ver Amantes (Vicente Aranda,
1991), una relación de la que ella nunca sabrá, pero que transitando entre lo
Platónico y la limerencia, me acompaño por un par de años y varias de sus
películas.
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| Amantes. Vicente Aranda, 1991. |
Trini le pide
a su imposible amor que la mate y yo también empiezo a morir con ella. Pausé la
escena para verla dilatando el tiempo sin importar que el foco estuviera en él,
deteniéndome sobre sus labios que nunca llegan a cerrarse. Esos labios gruesos
unidos a la nariz por el delgado brillo de un contraluz que se
extiende entre el surco que va hasta la boca; a esos dientes grandes, perfectos.
Me detengo en esa gota que lentamente baja por su cara recorriéndola, esa gota
de lluvia que por arte del cine o, por arte de magia, se hace lágrima en ese
encuadre que no deja ver los ojos y se convierte en ejemplo perfecto de un
fuera de campo que, sobre una cara incompleta, me deja ver desde la plaza
entera bajo la lluvia, hasta el arrítmico corazón de una persona que ruega que
la maten, aunque ya esté muerta. Quito la pausa y Trini muere en un sacrificio que
seguro nos mató a muchos, pero que a Maribel le dio la vida eterna.
Ahora publico este post, prendo mi tornamesa en el que gira un disco de Bauhaus y grito cantando histérico: “The passion of lovers is for death, the passion of lovers is for death she said…”.
Tomás Corredor

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