sábado, 19 de mayo de 2018

Volver a significar o el sabor que me deja Cannes.


En este momento no sabría a qué otra cosa atribuírselo más que a este “correcto” estilo del mundo que, con sus consecuentes miedos, ha logrado que al cine se le esté olvidando filmar el sexo. El de cuerpos comunes que seguramente para los estándares de idealización de la belleza que nos miden por estos días, resultan imperfectos; el de los que se aman o de quienes sin hacerlo, juntan sus pieles sin mediación de las proporciones y desempeños del porno. Ese sexo que, desde la masturbación a la penetración, desnuda el alma de las personas y personajes de ficción.

A esta ausencia del sexo en el cine se contrapone una creciente ola de sangre que, representada en un exagerado uso de la violencia explicita, parecería ser el único instrumento para revelar la humanidad. Aunque filmada por diferentes directores es una violencia repetida que, durante las proyecciones del Festival, llegó a sobrepasarme por el abuso que ya no la hace provocadora, perturbadora e incómoda para cuestionar, sino que cansa en una reiteración que la despoja de significado, de cualquier sentido, cuando golpeados con una guitarra eléctrica, a puños, con un gato hidráulico, una varilla y estrellados contra la pared, o contra una escultura; diferentes personajes de las películas seleccionadas en La Competencia Oficial terminan sin cara, destrozados y ahogados en su propia sangre. Todos, eso sí, muy bien filmados, pero ya ninguno, portador de algo verdadero.

Por fortuna, en esas caprichosas formas que adquieren las programaciones de un festival, ésta vez el cine, como el cristianismo en el que no logro creer, conformó una trinidad en la que el espíritu, el padre y el hijo llegaron encarnados por Ingmar Bergman, Jean Luc Godard y Lee Chang-dong.

Bergman, Chang-don, Godard
Conmemorando el centenario de su nacimiento, Cannes Classics proyectó dos documentales sobre Ingmar Bergman que hicieron inevitable añorar, con algo de nostalgia, su devastadora forma de representar la violencia. Claro, las imágenes deben cambiar y es imposible filmar ahora tal y cómo él lo hacía. Pero recorrer esa obra fue recordar que la necesidad de sorprender ya dejó, al menos para mí, de habitar en esa sangre. Algo de esa nostalgia también recubre al Festival que elige una imagen de Pierrot Le Fou para su afiche. La misma película en la que Ferdinand  pregunta: “¿Porqué te ves tan triste?” y Marianne responde: “Porque tu me hablas con palabras y yo te miro con sentimientos”, en un diálogo en el que Godard ya, hace 53 años, desarrollaba con las palabras que dejan de decir algo al repetirse de forma vacía, lo que hoy en su nueva película, Le Livre D´Image, consolida con las imágenes que caen en la misma desgracia de no significar.
 
Pierrot Le Fou. Godard. 1965.
Godard aparece de nuevo, a sus 87 años, para revolverlo todo y recordarnos que la respuesta a la pregunta ¿qué es el cine?, está muy lejos de cualquiera de esas definiciones fáciles que, bajo la tiranía de tener que contar historias y entretener, repiten de memoria personas como las que abandonaban la sala sin esperar el final de la proyección de su película, en el estreno y paso por Cannes. Una película que se extendió, de alguna manera, hasta otro ejercicio de realización en la rueda de prensa a la que Godard por supuesto no asistió personalmente y, respondiendo a todas las preguntas desde su casa en la pantalla de su celular, hacía otro de sus juegos del cine dentro del cine, de la imagen contenida en otra imagen a la que cada periodista que, abandonando su silla para hacer una fila frente al teléfono, consulta como a un oráculo que responde con una voz que parece convertirlo en el Alpha 60. Pero que, a diferencia de Alphaville, no drena la esperanza, sino que abre caminos para el cine llenos de ella.


Conferencia de prensa de Le livre D´Image
La sangre volvió y llego al final de Burning, de Lee Chang-dong. Pero esta vez llena de belleza y significado en una violencia que se construyo humana y perfecta dentro de la más contundente de las películas que vi en este Festival. Una película que desde el desencanto y la frustración se hace una relación de amor, en la que el deseo crece y se hace un juego de sospechas entre un triángulo amoroso que, en un ritmo impecable, me recordó ese placer que produce la emoción de encontrarse con el cine, no solo con tantas películas. Una película larga que se hace corta y que, combatiendo el estilo del mundo, le vuelve a dar al sexo el bellísimo lugar que está perdiendo en el cine.

Burning. Lee Chang-don. 2018.



Tomás Corredor

domingo, 8 de abril de 2018

El cine era su forma de vivir y mi forma de hablar con él

 Un texto que escribí en 2012, también un 8 de abril, un día después de su muerte.

Jaques Marchal por Alberto Martínez (Betto)


Ese día me confesó, en ese español que algunas veces resultaba imposible entender así llevara tantos años viviendo en Colombia, que le caí muy mal el día en que nos conocimos. Ese mismo día, cuando nos despedíamos, me preguntó si había visto Sin Sol de Chris Marker, le contesté que no y sacó de su maletín de cuero una copia de la película en VHS que me prestó con la condición de que se la entregara una semana después. Me despedí y aprovechando que tenía dos horas libres antes de dictar la siguiente clase, busqué un salón de la universidad que estuviera libre, entré, apagué la luz y la proyecté. Pasada una hora y, con el cassette en la mano, caminaba lleno de imágenes, sonidos y reflexiones distraído por un pasillo cuando me lo encontré de nuevo, se lo entregué y me preguntó por qué no quería verla, le conté que ya lo había hecho. Caminamos un rato hablando de la película y después, en una mesa de la cafetería, unas cuantas tazas desocupadas nos recordaban que, mientras íbamos de Chris Marker a Jean Vigo y de Santiago Álvarez a Patricio Guzmán, el tiempo pasaba y entre los dos poco a poco se creaba un lazo que todavía hoy sigo sosteniendo.

Me contó que desde su llegada a este país, en mil novecientos sesenta y nueve, su obsesión era mostrarle Colombia a los colombianos y con la misma generosidad con que compartió sus imágenes con el público, me abrió su gigante maletín de cuero para sacar de él películas y textos con los que alimentaba nuestras constantes charlas en las que, a pesar de mi reconocida dificultad para estar callado, logré oírlo, aprender y crecer.

Después de cualquiera de sus largos silencios, terminando cualquiera de nuestros largos almuerzos, me dijo que lo que le gustaba de mi era que entendía más de lo que sabía y al salir me recomendó como profesor de guión documental, la materia que precedía su clase de realización documental. Me contrataron y así, con esa responsabilidad encima, complementamos nuestras formas de ver el cine durante tres semestres, hasta que lo vi por última vez en el año dos mil nueve, cuando hice una pausa en mi vida como profesor para, entre otras cosas estudiar documental.

Hoy escribo para celebrar su vida, así haya muerto. Aunque no se si me consideró su amigo alguna vez, como todos los que sí se que lo fueron no puedo olvidarme de su risa y sin haber ido nunca a una de sus clases aprendí de él más que muchos de sus estudiantes. Fui su colega y viví a su lado la universidad como lo que debe ser, un sitio para seguir creciendo complementándonos y contradiciéndonos en un diálogo que ahora, a solas, a veces sigo teniendo con todas las palabras que me dijo y recuerdo, a pesar de haber sido dichas en ese español que algunas veces resultaba imposible entender.

Buen viaje Jacques Marchal (1942 - 2012).

Tomás Corredor
Abril 8 de 2012 *Publicado originalmente en el blog Cinefilia y otras aberraciones audiovisuales del espectador.com

lunes, 19 de febrero de 2018

Keaton y el asombro perpetuo

-Es raro que alguien tan chistoso nunca se ría. Que sea tan serio -dijo Mateo.
-Es serio, pero es muy bonito -respondió Lucas sin quitar la mirada de la pantalla en negro, así la película ya hubiera terminado.

Mateo y Lucas viendo The Scarecrow. Buster Keaton, 1920.

De la misma manera en que Mateo y Lucas dicen que soy el mejor del mundo, llegará el día en que dirán que soy el responsable de algunos, o de todos sus problemas. Por eso mismo, por lo inevitable del destino, vivo como quiero frente a ellos y, por eso mismo, lucho desde mi ejercicio diario tratando de aclarar esa definición que separa al competente del competidor, esa que se ha hecho gradualmente más difusa gracias a la concepción, casi generalizada, de lo que debe ser una persona exitosa en este momento de la historia en el que parece que ser millonario, es una profesión. Lucho por alejarme de esos padres y madres convertidos hasta el agotamiento en esclavos bajo la tiranía de sus hijos, tratando de llenar como sea y a cualquier precio, los cortos periodos de concentración de sus sobre estimuladas crías. Lucho por reforzar la individualidad en este momento uniforme en el que la niñez no ha aprendido a convivir con ella misma y exige acompañamiento permanente para cubrir todos los espacios copados por su desproporcionada y demandante inutilidad, esa que solo se combate ofreciendo recompensas. Lucho por impedir que mis hijos sean maniquís de post en redes sociales con los que demuestro que tienen más privilegios de los que yo pude tener. Lucho por no acomodarme a los bajísimos estándares éticos actuales que, desde la legalidad, le permiten a muchos sentirse limpios así su porquería los cubra hasta más arriba del cuello. Pero lucho, sobre todo, por no perder mi capacidad de encontrar la belleza de las cosas, de asombrarme, y lucho porque ellos, en este mundo de distracciones efímeras, tampoco la pierdan.

Lucho y toda lucha necesita héroes. Por eso buscando uno que, en contrapunto con todo lo que combato, resultara seductor para los destinatarios de estos esfuerzos, encontré a Buster Keaton. 

Keaton, ese que siempre aparece rodeado de hostilidad, perseguido o envuelto en difíciles combates en los que nada tiene que ver, pero a los que llegó como consecuencia de alguna buena acción. El mismo que siempre está rivalizando, en desventaja obviamente, por el amor de una mujer que lo hace avanzar sincero, seguro e inocente. El que, a pesar de los golpes y las burlas, se recosntruye a punta de una terquedad a prueba de mareas que lo llevan de un lugar a otro, de vientos que lo arrastran y sobre él hacen caer las gigantes estructuras de los decorados, desde las que emerge hasta triunfar. Así es, Buster Keaton es un héroe del que nadie espera nada, pero que lo logra todo.

Llamé a Mateo y a Lucas a la sala, cerré las cortinas, prendí el proyector y vimos El Espantapájaros (1920). Nunca antes los vi reírse como en esos 20 minutos en los que cerraron la brecha de 98 años que separaba la primera proyección de la película, con la  nuestra; mientras que con palabras como cool, extremo y pro, analizaban, concluían y reafirmaban que ese hombre, el de la mirada más profunda que yo haya mirado, también es desde ahora, para ellos, un héroe.

- Sí Lucas, es muy bonito -respondí y por eso, por esa belleza descubierta y ese asombro compartido les leí, sin importar qué lleguen a recordar después, lo que de la mirada de Keaton escribió García Lorca: “… Sus ojos infinitos y tristes como los de una bestia recién nacida, sueñan lirios, ángeles y cinturones de seda. Sus ojos que son de culo de vaso. Sus ojos de niño tonto. Que son feísimos. Que son bellísimos. Sus ojos de avestruz. Sus ojos humanos en el equilibrio seguro de la melancolía”. 


Tomás Corredor

domingo, 4 de febrero de 2018

Mátame


En mi bandeja de entrada un correo del Festival de Cine de Cartagena me anuncia un tributo a Maribel Verdú y automáticamente un flashback, que se proyecta en presente, me recuerda cuando hace más de 20 años viví, después de ver Amantes (Vicente Aranda, 1991), una relación de la que ella nunca sabrá, pero que transitando entre lo Platónico y la limerencia, me acompaño por un par de años y varias de sus películas.  

Amantes. Vicente Aranda, 1991.


Trini le pide a su imposible amor que la mate y yo también empiezo a morir con ella. Pausé la escena para verla dilatando el tiempo sin importar que el foco estuviera en él, deteniéndome sobre sus labios que nunca llegan a cerrarse. Esos labios gruesos unidos a la nariz por el delgado brillo de un contraluz que se extiende entre el surco que va hasta la boca; a esos dientes grandes, perfectos. Me detengo en esa gota que lentamente baja por su cara recorriéndola, esa gota de lluvia que por arte del cine o, por arte de magia, se hace lágrima en ese encuadre que no deja ver los ojos y se convierte en ejemplo perfecto de un fuera de campo que, sobre una cara incompleta, me deja ver desde la plaza entera bajo la lluvia, hasta el arrítmico corazón de una persona que ruega que la maten, aunque ya esté muerta. Quito la pausa y Trini muere en un sacrificio que seguro nos mató a muchos, pero que a Maribel le dio la vida eterna.


Ahora publico este post, prendo mi tornamesa en el que gira un disco de Bauhaus y grito cantando histérico: “The passion of lovers is for death, the passion of lovers is for death she said…”.

Tomás Corredor

martes, 30 de enero de 2018

Del ruido de Los Oscar


Dos películas humanas y fascinantes en su complejidad psicológica, On Body and Soul y Una Mujer Fantástica, están entre las nominadas al Oscar a Mejor Película Extranjera. La primera está dirigida por una mujer (Ildikó Enyedi), la segunda (de Sebastián Lelio) tiene como personaje principal a Marina (Daniela Vega), una mujer transgénero.

Una Mujer Fantástica. Sebastían Lelio. 2018
  

Quería hablar de estas películas por lo que del cine me interesa, pero seguramente lo haré en otro momento. Hoy me alejo al sentir que vale la pena sacar provecho del ruido que hace la entrega de los Oscar y encontrar, en esa repentina y transitoria fiebre que generan, una forma de evaluar el momento actual del largo y tormentoso camino de las luchas igualitarias en el cine y abrir un espacio necesario, paralelo al de las acusaciones, para el reconocimiento. Me voy a apoyar, sin pretender imitarlo y lejos de su metódico rigor,  en el entusiasmo de Hans Rosling y su forma de abolir mitos creando una visión del mundo a partir de los datos.

Para llegar a esa lista de 5 nominaciones 92 países enviaron sus películas y por primera vez
Haití, Honduras, Laos, Mozanbique, Senegal y Siria; que perfectamente encajan en la nueva categoría de shitholes countries diseñada por el Presidente del país que entrega estos premios, enviaron una película. Hay 25 nombres de mujeres directoras en esa lista, una cifra que no solo dobla a la del año anterior, sino que además hace visibles logros en países donde esto era impensables. La segunda mujer en Afganistán (cifra que contra todo preconcepto ya supera a Colombia), la primera en Haiti y así, desde el resto del mundo hasta la misma industria de Hollywood, en la que la historia pone por primera vez el nombre de una mujer (Rachel Morrison) en las nominaciones a Mejor Dirección de Fotografía y, por quinta vez en 90 años, a otra cineasta (Greta Gerwig) en la de Mejor Dirección.

Sin más herramientas que el trabajo bien hecho, sin cuotas de participación, sin fallos judiciales, que en otros casos resultan necesarios; se va logrando una transformación en la forma en que se concibe el desempeño de los oficios, cambia el lenguaje y se deja de hablar, por ejemplo, de Mejor Director al reemplazarlo por un concepto amplio como Dirección, donde la igualdad se revela verdadera y no impuesta por el políticamente correcto lenguaje incluyente. Seguramente se acerca el día en que la categoría sea Mejor Actuación, así no más.

Sin duda las luchas deben continuar. Pero también, a veces, hay que parar un momento para hacer inventario de lo ganado y lanzarse a nadar en aguas más profundas porque por allá, bajo la superficie, lejos de la cartelara y el menú de Netflix, están las obras de quienes cambian las cosas, no solo los cuerpos de los mártires.

Tomás Corredor